—Lo que sí te puedo asegurar es que vas a agarrar ochocientos a la semana —dijo Estefano, mi excompañero de la universidad.
Me quedé pensando con el teléfono en la mano. ¿Será buena idea irme a Nogales?
—Bueno pues —accedí—, allá te caigo.
Corrían los años de Vicente Fox como presidente, quien había prometido durante su campaña que habría trabajo para los jóvenes. Muchos ilusos le creyeron, me incluyo. La mayoría de los que salimos de la universidad nos topamos con la dura realidad: no había empleo y era indispensable desplazarse a la frontera. Nogales Sonora.
Acá sí hay trabajo, reiteró Estefano, por lo menos de obrero y con un sueldo asegurado de ochocientos a la semana. Nada mal, ¿no?
No quedaba de otra. Tomé un autobús que me llevó desde el sur de Sonora hasta Nogales, cuyo armatoste fronterizo te impedía pasar a Nogales Arizona si no tenías visa, a menos que te brincaras la barda. Durante el largo trayecto maldije a ese presidente que nos repetía que los años del PRI habían llegado a su final.
Descendí del camión. Me esperaba Estefano y su esposa en la terminal de autobuses de Nogales. Nos haríamos bola en un pequeño departamento donde también vivía su hermano, ese era el plan mientras encontraba donde quedarme.
—No te preocupes —dijo Estefano—, mi carnal trabaja de noche y por las mañanas estudia. Así que ni siquiera lo vas a ver.
Para iniciar mi aventura dimos una vuelta por Nogales en un camión urbano. Me di cuenta del peligro nada más dar un paseo. Había muchos migrantes del país y del extranjero, quienes buscaban cruzar la frontera de manera ilegal, pero mientras tanto, algunos pedían limosna y los demás se dedicaban a robar o a integrarse a grupos del crimen organizado.
—Ponte trucha porque hay un chingo de rateros. Una vez unos cholos nos quisieron asaltar a mí y a mi vieja y tuvimos que bajar corriendo por un cerro. Casi no la contábamos, los culeros traían navajas.
—¿Y dónde está lo más peligroso?
—Para acabar luego… En el barrio donde vivimos.
—Chin…
Al día siguiente fuimos a meter solicitudes a las maquiladoras. Ahí me aventaron el clásico nosotros te llamamos. No había vacantes, ni de obrero.
—Se me olvidó decirte —comentó Estefano—: en la solicitud de empleo no vayas a poner que tienes carrera profesional porque nunca te van a dar jale. Si te preguntan qué es lo que estabas haciendo durante los últimos años… no sé, inventa que estabas trabajando en una tienda de abarrotes.
En una empresa que empacaban alimentos sí había trabajo, pero pagaban cuatrocientos a la semana y tenías que estar de pie por ocho horas o más. No pagaban las horas extras y te pedían que te pusieras la camiseta por una miseria.
Más tarde, en otras empresas, ocurrieron situaciones similares, así que decidimos visitar a algunos de nuestros excompañeros para ver si ellos sabían de alguna chamba. Al verlos de nuevo me di cuenta de que ellos también trabajaban de obreros, de cajeros en Soriana, de guardias de seguridad, de secretarias, de albañiles, de lo que sea menos de profesionistas. Esos eran los licenciados e ingenieros egresados con tanto orgullo de nuestro Instituto Tecnológico.
Para ese caso mejor me quedo en mi pueblo, pensé.
—¿Y en tu empresa no hay jale?
—En Alcatel ya no hay nada —dijo Estefano—. De hecho, habrá recortes muy pronto. Rumoran que se quieren llevar algunas maquiladoras a la India, porque allá les pagan menos.
—Tú me dijiste que había trabajo.
—Bueno, sí, pero hace unas semanas sí había.
—Uuuta madre.
—Oye, traes tu visa, ¿verdad?
—Sí.
—Tengo una prima que vive en Nogales Arizona. A lo mejor ella nos puede conseguir algo del otro lado. Le voy a llamar.
—¿En serio tienes una prima allá?
—Pues es una prima lejana que se casó con un gringo. Podemos ir a ver qué onda. Ellos viven cerca de la frontera. Así que podemos ir caminando.
Quedamos con otro excompañero de la escuela. Había esperanza. Cruzamos los tres a pie, con aquel calor infernal. El pavimento parecía un comal ardiente.
—Más tarde podemos ir al Walmart.
—Bueno —dije—, por lo menos a perder el tiempo en lo fresco.
En efecto, la casa estaba cerca del muro fronterizo. Llegamos caminando en menos de quince minutos. La vivienda era sencilla. Podría decir que algo decadente.
—¿Y en qué trabaja el esposo de tu prima?
—En un banco. Es ejecutivo o algo así.
Tocamos la puerta: nada. Insistimos: nada. El barrio se miraba solitario.
—No hay gente —dije.
—Tal vez fue por los niños a la escuela —contestó Estefano, mirando el reloj.
Atravesamos la callecita para esperar en la acera de enfrente. Nos sentamos debajo de un árbol.
—¿Y de qué nos puede conseguir chamba? —preguntó mi otro amigo.
—Pues vamos a ver.
—No hablaste con tu prima antes de venir, ¿verdad? —le pregunté.
—No —dijo Estefano, sonriendo—, preferí caerle de sorpresa, así no se niega.
—Ching…
Escuchamos las sirenas de una patrulla que se aproximaba.
—Ah, jijo de la…
En menos de un minuto nos encontrábamos rodeados por la famosa Border Patrol. Tres Jeeps. Bajó un tipo rubio, alto y fornido. Nos levantamos del suelo.
—Ey, amigo —balbuceó el agente—. No levantarse. Quedarse ahí… No preocupar, tú.
Regresamos a nuestro lugar como perros regañados. Me sentí un delincuente.
—¿Qué onda? —dijo Estefano—. ¿Ocurre algo!
Otro agente de la patrulla fronteriza se nos acercó con desconfianza y nos pidió las visas.
—¿Venir ustedes en busca trabajo?
—No, cómo cree, venimos a ver a una prima.
El agente sonrió mientras tomaba nuestras visas. Luego se las llevó y, dentro del Jeep, revisó los datos en una laptop. Después volvió.
—Todo estar en orden —dijo el agente al devolvernos las visas—, pero nosotros recibir llamada de vecinos. Favor de esperar en casa de prima. Aquí no.
—Okay, very well —dijo Estefano, intentando hacerse el gracioso en ese momento de tensión.
Los agentes, en medio de risas, se marcharon. Después oímos una carcajada desquiciada. Provenía de una vagoneta vieja que estaba estacionada a un costado de la casa de los parientes de Estefano.
—Ey, entren, entren —dijo alguien.
—Es el esposo de mi prima, es el José. El pinche cabrón ahí estaba y se hizo pendejo.
Ingresamos. Los tres nos acomodamos en el asiento trasero. Los vidrios estaban arriba. Olía a mariguana. El humo invadía todo el espacio. José, quien vestía una camisa sin mangas y unas desgastadas bermudas, no paraba de reírse de no sé qué cosa.
De aquí vamos a salir bien mariguanos, pensé.
—Se cagaron del miedo—dijo José, dándole una fumada a un churro de mota—, y casi nos cachan a nosotros, cabrones.
José, sentado en el asiento del conductor, le pasó el churro a un sujeto que ocupaba el lugar del copiloto.
—¿Y la prima? —preguntó Estefano.
—Ya debe venir en camino.
Permanecimos ahí mientras José hablaba algunas incoherencias con su camarada quien parecía un integrante de la Mara Salvatrucha. Después llegó la prima. Descendimos un poco atarantados de la vagoneta. José bajó los vidrios, dijo que tenía que irse a trabajar y se fue con su acompañante.
Sospecho que ese José no trabajaba de ejecutivo de un banco y que para nada era gringo.
—¡Pasen! —dijo la prima en lo que sacaba a dos niños del coche.
Entramos a casa. Estefano habló con su prima en la cocina. Al final de cuentas ella comentó que no sabía nada de trabajos, que era difícil en Nogales. Más para el norte posiblemente había más chances. Nada era seguro porque los de la migra andaban con todo.
Ni hablar. Nos fuimos derrotados, pero antes de cruzar la frontera llegamos al Walmart. Durante el camino de regreso no dijimos nada.
La casa que habitábamos no tenía servicio de agua y un vecino de uno de los pisos de arriba nos hacía el favor de pasarnos agua con una manguera que entraba por la ventana de la cocina. Los empleados de Coppel iban todos los días a cobrar una cuenta enorme de un antiguo inquilino. Los malandros pululaban por la calle del barrio para ver a quién podían tumbarle diez pesos para una soda. No salgas solo de la casa, me recordó Estefano antes de irse a trabajar.
Al carajo la frontera.
A los pocos días regresé a mi ciudad natal.
Meses después recibí una llamada de un penal de Arizona. Sentí desconfianza, claro. Colgué. No pasaron ni cinco minutos cuando me habló por celular la esposa de Estefano. ¿Pasa algo malo? Pues sí pasó algo gacho. Me comentó que habían agarrado a su marido tratando de pasar catorce o dieciséis kilos de mariguana en el doble fondo de una troca, que por favor le contestara para darle apoyo moral, que Estefano necesitaba platicar conmigo.
Contesté. Estefano me advirtió que tuviera cuidado con lo que dijera porque la llamada estaba siendo grabada.
—¿Por qué te la aventaste? —fue lo primero que le pregunté. No sabía cómo apaciguar su desesperanza.
—La situación, viejo… No nos alcanza. Estamos jodidos.
Servando Clemens
