La curva de Etchojoa es muy conocida entre los habitantes del sur de Sonora, y no tanto por su peligrosidad ni por ubicarse enfrente del Museo Regional del Mayo, sino porque la gente narra que por ese tramo carretero se aparece una mujer vestida de blanco. Un espectro. Comentan los pobladores que la dama de blanco falleció en esa curva en un accidente, un poco antes de llegar al altar, y que ahora su alma vaga por ese sitio en busca de su amado. Por supuesto, nada se ha comprobado, pero hay personas que aseveran que dicha aparición fue captada por las cámaras de seguridad de un motel cercano a ese lugar. Hay videos para comprobarlo, insisten los empleados, la verdad es que da miedo.
Lo cierto es que, por esa área, en la madrugada suele haber bancos de neblina que dificultan la visibilidad. Pero… ¿Puedes confundir un fantasma con la brisa? No, qué va, respondía un señor, cómo crees que voy a confundir una cosa con otra.
Los conductores que la han observado o que han sentido su presencia, cuentan que la mujer se aparece alrededor de la medianoche, también aseguran que al pasar por esa curva se sienten desorientados, que pierden la noción del tiempo y del espacio, que se marean y que su cuerpo experimenta una pesadez; como si estuvieran inmersos en una pesadilla, de la cual despiertan a los pocos segundos para toparse con la realidad.
Otros más, con terror, afirman que la mujer vestida de blanco se sube al asiento trasero de los vehículos conducidos por hombres que regularmente viajan solos y que la mujer, al treparse, se queda ahí, sentada, sin decir palabra y sin expresar sentimientos con el rostro. Hay otros testigos que indican que incluso llega a aparecer en el asiento del copiloto, helando la piel de los conductores que han perdido el control de sus automóviles. Ojalá que se me suba y verán lo que le hago, decía un borrachito sin dientes luego de empinarse su botella de Viva Villa. Para empezar ni carro tienes, güey, se burlaron de su ocurrencia.
Por la orilla de la carretera se pueden apreciar cruces que han sido colocadas en honor a personas fallecidas en accidentes automovilísticos, aunque nadie puede afirmar que sucedió por el motivo ya mencionado.
A varios sujetos, con cara de pánico, han narrado la historia, afirmando que hasta la borrachera se les ha bajado. Sí, mujer, yo pasé por ahí y se subió una muchacha vestida de blanco. Me llevé el susto de mi vida. Todavía andas briago… Hasta acá me da el tufo a cheve, ¿no andarás de baquetón? ¿Cuál tufo? ¿Cuál baquetón? Ándale verás. Con decirte que decidí dejar la tomadera y las amanecidas. Ay, por favor.
Los pasajeros de una línea de autobuses explican que vieron a la mujer de blanco subir a dicho transporte público, después la miraron caminar por el pasillo para finalmente sentarse en uno de los asientos traseros.
—¿Estás seguro? —le preguntaron a uno de los pasajeros—. Tú nunca has creído en ese tipo de cosas. Me extraña.
—Te lo juro —contestó el señor—. Yo la vi y luego la busqué en el asiento donde se sentó, pero desapareció. Cómo que se bajó. No sé.
Yo no soy de creer en ese tipo de leyendas urbanas que son tan populares, pero en una ocasión me tocó pasar por esa curva a altas horas de la noche, por cuestiones laborales y en compañía de un amigo que me auxiliaba en el trabajo. Íbamos de Bacobampo a Huatabampo. Mi amigo, quien no recuerdo por qué razón venía sentado en el asiento trasero, me empezó a contar dicha historia. No le creía ni una sola palabra, pero su forma de relatar la historia era muy interesante y él sí creía la existencia de esa aparición.
—¿A poco sí se sube? —le pregunté.
—Sí, en serio, pero llegando a la Virgen que está en la entrada de Huatabampo, la mujer se baja del carro —me dijo.
—Ah, y ahorita vamos a pasar por ahí —le recordé.
—N’hooombre, ¡cálmate! Ni me digas esas cosas.
—Y se me hace que se va a subir al carro… Y tú que vienes atrás.
—No me digas nada —dijo mientras se revolvía en el asiento trasero—. Con eso no se juega.
Sonreí. Lo miré por el espejo retrovisor. Bajé el volumen del radio. Él sí tenía miedo, pero decidí seguir con la broma. Continué manejando como si nada, en silencio. Faltaba poco para llegar a la curva, unos doscientos metros.
—Ya vamos a llegar. Le voy a invocar para que se suba contigo.
—No la chingues.
Bajé los vidrios del carro.
—Mira, mira… Como que se ve algo que viene para acá. ¡Agárrate!
—Ya cálmate. ¡Acelera! ¿Para qué bajas la velocidad?
Me reí. No había brisa porque era verano. No sé si fue mi imaginación, pero entreví algo que avanzaba por la orilla del camino y sentí frío. Los brazos me pesaban. Sacudí la cabeza y aceleré.
—Ya pasamos —le dije—. No tengas miedo.
—A la próxima ya no te voy a acompañar…
—Ya, hombre. Estaba jugando.
—Pa’ que te vengas solo y sepas lo que se siente.
Y quién te dijo que voy a volver a pasar por aquí de noche, pensé, ni de loco.
—Esa misma creencia se repite en cada pueblo del país —le expliqué al dejar de sentir aquel escalofrío que recorría todo mi cuerpo.
SERVANDO CLEMENS
