Hay mil maneras de decir adiós, desde el enojo, desde la frustración, desde la esperanza, desde la tristeza. No importa cuál elija pues ninguna va borrar el que lo nuestro llegue a su fin, mas mi manera de despedirme de ti puede lograr la forma en cómo te quiero recordar. Y no quiero recordar el tiempo que pasé a tu lado desde el enojo, pues sería maldecir 11 años de mi vida; tampoco te quisiera recordar desde la frustración atándome al pasado pensando constantemente en un hubiera que jamás se me ocurrió; recordarte desde la tristeza es una opción tentadora, mas no digna de un corazón aventurero que, lun adiós a la Patagonia; Es por ello que hoy elijo despedirme de ti desde el agradecimiento.
Gracias, porque cuando cierro mis ojos y pienso en ti sólo se me viene a la mente un color: Blanco. Blanco porque aclarabas mis turbias ideas; Blanco porque contigo podría ser completamente transparente; Blanco como la paz que me dabas; Blanco como una hoja en la que nos quedamos debiendo una historia que jamás se escribió, pero que ,quizás, sin saberlo, la vivimos de a poco estos 11 años que estuvimos juntos.
Gracias por tu calidez. Sí, soy fría, qué se le va hacer, pero te aseguro que en esta poco más de una década que vivimos ninguno de los dos murió congelado. Tú le dabas calidez a rincones de mi alma que no conocía, me dabas temperatura, color, enfoque, voluntad. Y no… No te confundas, no es que sólo en ti pueda hallar eso dentro de mí, pero si me pusieran a elegir entre un abrigo y tus brazos adivina en dónde estaría. Gracias por cobijarme.
Gracias por ser mi cabaña. Sé que no fuimos un hogar, un hogar con domicilio en dónde nuestros amigos y familiares pudieran ir a visitarnos, sino que fuimos como una pequeña cabaña perdida en el bosque en donde nos podíamos refugiar el uno con el otro, protegernos de todo y de todos, olvidarnos de lo que hay en el exterior y sólo pertenecernos, ser tan nuestros como sólo nosotros sabíamos hacerlo.
Gracias por ser ese silencio que jamás fue incómodo, no me sentía con la presión de tener que decir algo todo el tiempo. Gracias por ser ese silencio en dónde se callaban mis ruidos internos, en dónde jamás hubo gritos, en dónde podía escuchar mi propio eco.
Gracias por jugar a ser mi máquina del tiempo, pues te puedo asegurar que cuando estaba contigo olvidaba mi edad: De pronto me volvía una niña juguetona y berrinchuda, en ocasiones te quería desenfrenadamente como una adolescente y otras tantas me convertías en una mujer.
Gracias por ser esa arena blanda en dónde caminaba descalza sin temor a que alguna piedra me lastimara. Ese mar que, aunque se viera temeroso de noche, nunca me imponía. Esa brisa que me desordenaba mis cabellos sin tumbarme. Y gracias, muchas gracias, por enseñarme que por mucho que dejemos huella la arena no es nuestra.
Hoy te dejo ir sin maldecirte, sin condenarte, tragándome un por qué que ni siquiera tú te puedes contestar. Te dejo ir sin proclamarte villano y sin nombrarme víctima, porque quizás ninguno de los dos es culpable, tal vez, y sólo tal vez, sólo fuimos víctimas de las circunstancias, de las circunstancias de ser quiénes somos, de querer cosas distintas, pues mientras yo encuentro mi libertad a tu lado tú prefieres buscarla sin atarte a nadie.
Te agradezco a ti y agradezco a la vida, porque a pesar de que nuestros caminos no se entrelazaron, sí fui muy feliz el tiempo que se juntaron.
Deseo soltarnos y que sigamos siendo felices y plenos así como si aún estuviéramos, aunque ya no estemos.
Me extendí, perdón, te escribo tanto pero entre líneas sólo deseo decirte: “Gracias por todo. Cuídate.”
Liagiba.
