ignorancia o maldad

¿Ignorancia o maldad?

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Se llama Mari y su nombre y su rostro tienen pinta de santos. Su nariz es fina, su cara es delgada y blanca, tiene unos pequeños ojos con cejas semi tupidas, es como si una pastorcita de algún nacimiento hubiera cobrado vida. Mari es alta y bastante delgada, su piel se aferra a ella, como ella se aferra a sus ideales.

“Apoya el talón en la caja y después regrésalo al punto de origen. No importa si no te sale bien a la primera, es normal, aquí el punto es que lo intentes para que le mandemos esa información a tu cerebro.” — Me dice María, mientras mi pie espástico, mi cerebro dañado de nacimiento y yo, intentamos seguir sus indicaciones.

Esa frase “No importa si no te sale bien a la primera, es normal…” atravesó mi interior con un corte fino hasta llegar a mi tierna infancia:

Recordé una ocasión en la que estaba ayudando a mi padre a echarle arena a un costal. En ese momento yo estaba feliz por el simple hecho de estar compartiendo tiempo con mi padre, algo que muy pocas veces pasaba entre él y yo.

Sostenía fuertemente el costal mientras que mi padre echaba arena en él con la pala, pero, a medida que el costal se llenaba, mi débil e inútil mano derecha dejaba caer el costal porque no podía con el peso. Mi padre, un tanto enfadado, me volvió a colocar el costal en la mano, pidiéndome que está vez lo sostuviera sin dejarlo caer.

Hice mi mayor esfuerzo, pero la biología me volvió a traicionar, y es que pedirme sostener el costal sin que cayera, era como pedirme dejar de ser yo. Mi padre estalló y me gritó “¡VETÉ ADENTRO A HACER TERAPIA Y DESPUÉS REGRESAS A AYUDARME!”. Contuve las lágrimas hasta llegar al cuarto, llore en silencio en cuanto toque cama mientras abrazaba al osito de peluche con el cual solía dormir.

En plena terapia solté en llanto, Mari, confundida, me dice “Está bien que llores no te reprimas, que no te importe que este yo aquí, pero, ¿por qué lloras?” le comienzo a compartir mis recuerdos. Su corazón, ingenuamente bondadoso, se inspira para decirme “Quizás tu padre sólo quería verte bien, que te recuperarás pronto. A veces los familiares no son malos, sólo son ignorantes en cuanto al tema, no saben que las discapacidades son daños cerebrales, y por no entender eso a veces lanzan ese tipo de comentarios tan desinformados.”

No quise debatirle, no quise argumentarle que los griegos pecaron de ingenuos al creer que el hombre era malo por ignorancia. No quise decirle que posiblemente mi padre me quería ver prontamente bien no por amor, sino porque dentro de su ego, no podía concebir que una extensión de él, yo, hubiera salido dañada. Que yo no podía entender cómo las lágrimas de aquella niña no era un argumento suficiente para hacerle ver que su acto era malo, cruel, despiadado; que era tan sádico como el pedirle a un paralítico que caminará.

Quizás mi padre quería hacerme de piel dura, de carácter fuerte, inquebrantable, estoica, pero lo único que provocó fue que yo aprendiera a llorar en silencio.

Abigail Arrañaga “Liagiba”

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