Es domingo 25 de mayo. El reloj marca las 12 del día. A esa hora, la Catedral deja caer una melodía que los ancianos reconocen al instante: intenta tararear la oración del Ángelus, que se reza exactamente a la mitad del día.
Los señores se quitan la gorra para persignarse al pasar frente a la Catedral. Las señoras también hacen lo propio mientras dejan escapar alguna oración apresurada; aquí hasta la más feminista hace la señal de la cruz cuando pasa frente a un templo.
Los ocotlenses son muy católicos. Cuentan las benditas lenguas que en 1847 el Señor de la Misericordia se apareció en los cielos de Ocotlán para invitarles a enderezar sus caminos. Yo solo rezo para que un día se aparezca en el techo de Enrique Alfaro.
El clima se siente agobiante y pesado. La brisa es caliente, el respirar es tibio, los cabellos recién lavados se sienten sucios, la piel se vuelve pegajosa, la saliva empieza a escasear.
En la Plaza están las típicas letras enormes con el nombre del pueblo: “OCOTLÁN”.
Un niño, en short y playera aventurera, juega a que la O es una cama curveada.
Otra pequeña, de falda rosa y zapatitos blancos, convierte la diagonal de la N en su resbaladilla.
Yo también juego.
Yo también juego a que Ocotlán es mi hogar.
Frente a las letras hay unas fuentes. Los niños se refrescan y se avientan agua unos a otros. Sus padres los regañan para ocultar la envidia que por dentro sienten.
Las señoras buscan sombra para sentarse. Dejan la bolsa, cruzan la pierna y comienzan a chismear. Yo las miro, y mi mente ocurrente me obliga a entretenerme leyendo sus labios:
—“Lupita, ¿supiste que a Chuya su marido la dejó?”
—“¡Oh! Bueno, ella se lo buscó… nunca aprendió a freír bien los frijoles.”
Y comienzo a reír maliciosamente.
Confieso que me da gracia y ternura cómo el pasatiempo del ocotlense promedio es sentarse en una banca solo para ver pasar a la gente; más gracia me doy yo, que me entretengo viendo a la gente que mira a la gente pasar. Pero no los culpo: aquí no hay mucho que hacer. A veces la inicial de Ocotlán es la roca que Sísifo estuvo obligado a cargar.
Pasan Tsurus con bocinas gigantes entonando narcocorridos. La música está tan fuerte que ni siquiera se alcanzan a escuchar los llantos de María; a la pobre le mataron a su hijo, que era puntero.
Me da hambre. Me levanto y compro unos tacos de birria.
Porque así es Ocotlán:
A veces huele a birria
Y otras veces huele a sangre.
Liagiba.
