memorias de una mente en pandemia

Memorias de una mente en pandemia

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Corre el año 2020 y siento que corre para aplastarnos a todos. Hasta hace poco la pandemia era problema de los chinos y, aunque se veía que el virus se iba a expandir a nivel mundial, decidimos hacer las cosas “a la mexicana” y dejar todo para el último momento.

Los medios de televisión lanzaron una campaña de “Quédate en casa” para exhortar a las personas a no salir a la calle para evitar contagios. Mas quedarse en casa era un asunto para privilegiados que no tenían que vivir al día. Yo, en cambio, debo de colocarme un bozal y salir a mi trabajo de cajera, en pleno semáforo rojo.

Camino por la calle cada mañana sintiendo que la muerte me sigue el paso, siento que me susurra que viene por mí o por uno de los míos, de inmediato saco gel y me lo coloco para ahuyentarla. Pero no logré alejarla mucho, tras llegar del trabajo me entero que el papá de mi mejor amiga, Alondra, ha muerto.

Lloré en la bañera como si hubiera enterrado al mío. Alondra y su familia, siempre fueron mi refugio cuando me sentía desvanecer. Extrañaba con una nostalgia anticipada aquellos domingos en dónde sacaban una mesa al patio, comían Maruchan con aguacate, oían algún recital de Facundo Cabral mientras hacían planes para un viaje al mar que nunca llegó.

De vez en cuando los hermanos de Alondra, Uriel y José, sacaban su guitarra y se ponían a cantar. pero como escribió alguna vez Idea Vilariño para aquel amor que se le fue “Ya no, ya no será”. Lo que más me dolió de aquella muerte, fue que también murió mi amistad con Alo, o, al menos, se fragmentó, porque simplemente no supe estar ahí para ella como ella siempre lo estuvo para mí.

Quizás fue porque, dentro de mi soberbia, quería brindarle una solución a algo que ya no tenía remedio, en lugar de poderle dar algo tan sencillo como un abrazo.

Es extraño andar por las calles y sentir que estás en un desfile en dónde todos llevan máscara. Siento que poco a poco perdemos identidad. Algo tan natural, tan libre, tan poco voluntario como lo es el acto de respirar, ahora se vuelve en un acto tan pausado, tan estorboso, tan limitado por una delgada tela que, al menor descuido de dejar de utilizarla, corres el riesgo de no volver a respirar por el resto de tu vida.

Encerrada en mi casa, contempló a profundidad la idea de la muerte. La contempló una y otra vez procurando seguirle guardando su respectivo miedo, coraje, odio y frustración. Temo normalizarla y tener la frialdad de los noticieros al expresarla con números, porcentajes y estadísticas.

“Cada número es un ser humano, un ser humano con familia, con una familia que no lo volverá a ver tras llegar a casa” -pensaba-. Dentro de aquellos pensamientos recordaba mucho lo que escribió Haruki Murakami en su obra Tokio Blues <<El conocimiento de la verdad no alivia la tristeza que sentimos al perder un ser querido. Ni la verdad ni la sinceridad, ni la fuerza, ni el cariño son capaces de curar está tristeza. Lo único que puede hacerse es aprender de él, aunque todo lo que haya uno aprendido no le sirva para nada la próxima vez que la tristeza lo viste de improviso >>

Liagiba.

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