Te extraño, pero no desde el alma ni desde el corazón, mucho menos desde la razón.
Te extraño desde la necedad, desde la vanidad, desde la terquedad.
Te extraño desde el ego dañado y el orgullo herido.
Te extraño desde esa imagen tuya que compré tan cara que aún me resisto a soltar.
Echo de menos al don Juan con el que me enamoraste, a ese caballero imaginario que juraba protegerme.
Echo de menos tu habilidad para convertir mis carencias en tus virtudes, tus virtudes en mis debilidades.
Me da melancolía que ya no juegues al escritor conmigo, que hayas decidido matar al personaje en el que me estabas convirtiendo.
Porque seamos sinceros, cariño: yo nunca fui el amor de tu vida.
Solo fui otra víctima de alguna de tus fantasías.
Liagiba.
