La primera vez que sentí culpa me encontraba sola en mi habitación. Guardaba un minuto de silencio para darle luto a mi código moral interno. Las paredes blancas no hacían más que recordarme lo manchada que estaba mi conciencia.
De pronto, el nudo de mi garganta comenzó a deshacerse y no hice más que maldecir mi nombre al mismo ritmo que el sonar de las campanas de la iglesia. Tenía ganas de esconderme como Caín de Dios, pero yo no quería huir de Él…
Quería huir de mí.
Quería huir de mí:
De mi moral estricta,
De mis valores convertidos en dictadura.
Quería huir de mí:
De mi manía de ver todo en blanco y negro
Y nunca alcanzar el misericordioso gris.
Quería huir de mí:
De mi promesa de cuidarme,
De guiarme,
De llevarme al buen vivir.
—¡Eres humana, carajo! —me gritaba—.
¡Puedo ser una buena persona que se equivoca de vez en cuando! —me imploraba—.
Pero nada de eso funcionaba.
Qué ironía la mía —me decía—:
La de destruirme
Para construirme.
Qué ironía la mía:
La de culparme
Para salvarme.
Qué ironía la mía:
La de odiarme
Para amarme.
—Liagiba
