En la vida conocemos personas que dejan pisadas en nosotros, de esas que el viento borra con facilidad; pero, a veces, tenemos la fortuna de conocer a otras que dejan huellas profundas. Huellas que nos marcan al grado de aportarnos o quitarnos algo de nuestra personalidad.
SOLO NELLY.
Ella es un capítulo mismo.
Estaba nerviosa y emocionada por conocer a Nelly. De ella sabía lo suficiente para añorar ese día: una mujer viajera, apasionada por la historia y con gusto por la trova. Sentía que era un alma libre, de esas que la vida le regala al mundo de vez en cuando. Teníamos un pasado similar: ambas nos habíamos ido de nuestras casas muy jóvenes para comenzar desde cero.
Francisco, mi novio, abrió la puerta y, antes de entrar, me dijo: “Por fin vas a conocer a mi hermana Nelly”. Comencé a temblar. No sabía si me iba a encontrar con una mujer muy elegante: abrigo, bolsa fina, pierna cruzada, puro en mano, derrochando clase por doquier. No se me puede juzgar por imaginar eso: ella venía de Los Ángeles y siempre he tenido esa imagen de la gente de allá.
La puerta se abría más y más y yo me lamentaba por todas esas veces que no puse atención en Historia. ¿Cuándo había sido la Revolución Mexicana? Solo recordaba que había sido antes de que yo naciera.
La puerta terminó de abrirse y por fin la vi: una mujer delgada, ojos negros, nariz fina, sonrisa bella con dientes muy blancos. Su pelo era corto y lo llevaba en una coleta. Vestía unos jeans y una playera clara. En sus brazos cargaba a su sobrino Darío y jugaba con él.
La miré y sentí frescura. Aquel temblor desapareció de mí sin dejar réplica. Todo estaba bien.
Me abrazó y mandó traer un suéter para mí. Era blanco, suave y con un diseño único: parecía estar al revés, pero no lo estaba. Sentí que concordaba con mi personalidad.
Nos sentamos a la mesa y cenamos hotcakes. Nelly comenzó a hablar de historia. Yo me perdí cuando dijo por quinta vez la palabra “liberal”. Me dediqué a verla: mientras hablaba movía las manos como si acariciara sus palabras. Su mirada se perdía en la nada, como si estuviera viendo frente a ella las escenas que narraba; luego regresaba a la realidad y dirigía sus ojos hacia nosotros. En ese momento deseé que el plato y el tenedor se convirtieran en una pluma y un cuaderno; no para tomar apuntes de historia, sino para convertirla en historia a ella.
Pasamos a la sala y Nelly comenzó a contarme sobre los países que había conocido, pero otra vez me perdí. Me sorprendía más la sencillez con la que lo contaba que los países mismos:
—Cuando fui a Marruecos, me sentí como en San Juan de los Lagos —dijo riéndose.
Ella era una mujer libre, sencilla, transparente, con una filosofía de vida propia. Por un segundo me pregunté si lo que yo sentía al verla lo sentía cualquiera que la conociera. Concluí que no. En esta vida hay dos tipos de personas: “los extranjeros” y “ los colonizadores”. Los extranjeros, al conocer el mundo de otra persona, disfrutan de él como si exploraran un país nuevo, con una cultura propia. Los colonizadores quieren apoderarse de ese mundo e imponerle su pensar.
Nelly podía ser un encanto para los extranjeros, pero una amenaza para los colonizadores. En cuanto a mí, yo disfrutaba conocer su mundo. Me hizo recordar a aquella mujer que quería ser cuando era pequeña.
Le conté sobre mí: mis escasos conocimientos en filosofía, mi pasado comunista y mis tiempos de Carlista. Ella logró ver algo más allá de una chica que trabajaba en limpieza; me vio con potencial. Tomó su computadora y comenzó a buscar una carrera que concordara con mi perfil. Luego, con seguridad, me dijo: “Tú te vas a poner a estudiar”. Ni siquiera mis padres se habían preocupado tanto por mi futuro.
Aquella noche descubrí que Nelly era más que una mujer con clase que venía de Los Ángeles. Nelly era magia.
Me despedí de ella con un abrazo. Quería abrazarla un segundo más cada segundo, pero tenía que ser discreta. Ella no lo sabía, pero yo sí: su hermano pronto me iba a dejar. Posiblemente aquel encuentro iba a ser el último entre ambas.
Su hermano me terminó a los pocos días.
Ya casi ha pasado un año desde eso. Ahora estudio la carrera de periodismo digital y tengo un poema publicado que viaja por el mundo. Nelly fue mi motor y mi inspiración para no rendirme. Para que algún día yo pueda decir: “En efecto, Marruecos parece San Juan de los Lagos”.
Aprendí que hay amores que son el medio y no el fin. Hay amores que la vida nos pone como camino, pero no como destino. El camino fue Francisco, pero quizá mi destino era encontrarme con ella.
Liagiba.
